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Justificación

El secularismo es un proceso histórico cultural característico de las modernas sociedades democráticas. En ellas, el pluralismo de cosmovisiones y de concepciones de vida buena no sólo es un hecho histórico de incomparable complejidad sino que es visto como un valor cuya conquista ha costado a pueblos, grupos e individuos irreparables pérdidas y sufrimientos, pero cuyo fortalecimiento es hoy requisito esencial para preservar y profundizar la democracia. Sin embargo, la concepción ortodoxa tiende a ver en el secularismo un proceso lineal, uniforme y necesario cuyo triunfo, por una parte, consagra el naturalismo científico como única y legítima expresión de racionalidad moderna y, por otra, condena a las distintas visiones religiosas y espirituales a existir como meros rezagos de una cultura premoderna y oscurantista, destinados a un ocaso inexorable. Mientras ese ocaso se consuma, la solución pretendidamente universal para resolver cualquier conflicto surgido en el ámbito público ha sido la de recluir la religión y sus prácticas en la esfera privada, única en la que esos restos de premodernidad resultan inofensivos. Las consecuencias de esta marginación de la religión se constatan a indiferencia religiosa, el agnosticismo, el franco ateísmo de amplios sectores de la población, en especial en Europa. Sin embargo, tan extendida comprensión del secularismo queda palmariamente contradicha por fenómenos actuales como la creciente presencia de la religión en el debate público y en la arena política, el recrudecimiento de fundamentalismos religiosos, especialmente a raíz del 11 de septiembre y el éxito misionero de movimientos religiosos transnacionales.


Esta paradójica situación ha llevado a algunos de los más grandes pensadores de nuestros días a repensar el secularismo. El secularismo en la historia de Occidente se ha entendido como una forma de concebir el espacio público político caracterizado por su férrea oposición a la religión y su frontal rechazo de la tradición. Esta comprensión ha auspiciado una fuerte restricción de la esfera política y pública que sólo presenta dos opciones: secularismo o religiones. Esta interpretación ortodoxa del secularismo es resultado de la narrativa histórica con la que está asociado su origen: las guerras de religión en Europa. De acuerdo con esta historia, las guerras de religión que desangraban a Europa hicieron imperativo, en aras de pacificar la sociedad -dividida en irreconciliables confesiones cristianas- la separación de la Iglesia y el Estado, separación que no sólo conllevó la secularización del Estado, sino que ha convertido en exigencia la secularización de la sociedad en su conjunto. En consecuencia, era preciso encerrar en los límites de la esfera privada los asuntos relacionados con el sentido de la vida, las fuentes divinas de la moral y la vida después de la muerte. Esta narrativa histórica constituye una explicación genealógica y normativa de las dos bases que sustentan el Estado secular: la separación Iglesia - Estado y la consiguiente neutralidad de éste.
No obstante, esta no es la historia completa, es sólo la autorrepresentación dominante en Occidente. La otra parte de la historia comienza en el siglo XVIII, época en que se imponen tanto la secularización total del poder estatal, como el llamado imperio de la ley. De ahí en adelante, no va a ser posible para los creyentes conformar nichos que les permitan mantenerse alejados de la sociedad para vivir plenamente su fe; ahora la democracia empezará a exigirles ser parte de la comunidad política, ser destinatarios del derecho y entrar a participar en la constitución del poder. Si hasta ese momento el secularismo había significado un modus vivendi para evitar el conflicto, ahora y hacia el futuro la democracia demanda algo más que una simple componenda personal y social; la nueva relación que se instaura entre el gobierno y el ciudadano motiva la aparición de dos posturas en pugna: inclusión irreflexiva en el marco político existente o preservación de las identidades colectivas.


Ante la dilemática situación que plantea la coexistencia de plurales identidades religiosas y culturales junto a relaciones sociales civiles de nuevo cuño emergen fundamentales insuficiencias del secularismo. Por una parte, el principio de neutralidad radicaliza la necesaria secularización de la sociedad como indispensable para el ejercicio democrático. Si los ciudadanos renuncian en la deliberación política a aquello que precisamente los hace plurales, se espera que toda doctrina, postura religiosa, existencial o espiritual coexista de tal modo que se genere, como ya quedó dicho, un modus vivendi. Por otra parte, el principio de separación ha conducido a que algunos países impongan a los religiosos restricciones que no hacen pesar sobre otros grupos. La paz de Westfalia, históricamente reconocida como la conquista europea de la separación Iglesia-Estado, realmente trazó las directrices de un Estado absolutista confesional que duraría prácticamente hasta la Segunda Guerra Mundial, el cual, sin embargo, dejará su huella indeleble en los Estados europeos que siguen fijando hasta hoy estrictos límites al pluralismo religioso.
Pese a las mencionadas falencias y a su mayor o menor grado de realización, el secularismo parece constituir un ideal político de innegable valor para las democracias liberales, pero como afirma Habermas, no es suficiente. En efecto, la necesaria separación institucional ha permitido que se profesen con algún grado de libertad los valores últimos que orientan la vida individual. Así mismo, el carácter secular del Estado ha garantizado a todos los ciudadanos igualdad de derechos y ha impuesto límites a los Estados. Sin embargo, es claro que el secularismo debe conjugarse con la demanda de pluralismo; en nuestras sociedades contemporáneas es cada vez más creciente y manifiesto el pluralismo de formas de vida y de visiones omnicomprensivas, pero, el pluralismo, que siempre ha sido una realidad aneja a nuestra condición humana, es actualmente una apuesta normativa. Por esto, no se trata de prescindir del secularismo sino redefinirlo a la luz de la exigencia de constituir una comunidad política lo más incluyente posible, condición esta imprescindible para lograr una sociedad y un Estado verdaderamente democráticos.

 

Esta nueva apuesta recibe el nombre de postsecularismo, con el término se alude a las identidades que quieren ganar para si un lugar en la esfera política y también se refiere a un cambio en la consciencia pública que debe plantearse el enorme reto de construir una comunidad política al hilo de las demandas de inclusión de las diferentes voces espirituales y religiosas. El postsecularismo constituye una meta vital para los Estados democráticos que no solo requiere que sus ciudadanos estén dispuestos a acatar las leyes, sino a verse a sí mismo como sus coautores, “más allá de la obediencia a la ley, el reconocimiento de la constitución” (Habermas, 2008a, p. 5). A la luz de dichas consideraciones, se pregunta Habermas, ¿qué debemos esperar los unos de los otros para dar cumplimiento a dicha sociedad postsecular?

 

En Latinoamérica, este fenómeno adquiere rasgos particulares, pues ya no se trataría de reclamar por las tareas pendientes de la secularización en nuestro inacabado proceso de modernidad, sino de pensar cómo se inscriben las creencias religiosas y en particular el catolicismo dentro de los modos alternativos de modernidad propios del continente. Si la pregunta en el horizonte ortodoxo de la secularización liberal consistía en cómo “adelgazar” las identidades religiosas para hacer posible la “razón pública” propia de las democracias, un pluralismo postsecular exige la inclusión afirmativa de dichas identidades en la razón pública democrática.